 Hace exactamente una semana, estaba camino del aeropuerto de Domodedovo en Moscú, Rusia. El vuelo debía durar unas cinco horas, pero una inesperada racha de viento a nuestro favor terminó reduciendo considerablemente el tiempo de vuelo. Sin embargo, no debían estar preparados para tan pronta llegada, y nos hicieron dar un pequeño rodeo antes de dejarnos aterrizar. Algo que por extraño que pueda parecer, agradecí, ya que a baja altura se podían apreciar bosques extensos que rodeaban las miles de dachas que se podían divisar en el extenso territorio Ruso. Las dachas son las típicas casas rusas de campo. En tiempos del comunismo se instauró la costumbre de que toda familia del régimen comunista debía tener un lugar en el campo donde pasar su tiempo libre. Estas dachas están a poca distancia de Moscú, y las familias rusas suelen pasar por esta época los fines de semana en estas casas...
Me preocupaba bastante la entrada en Rusia, y la verdad es que resultó tan fácil que casi me decepcionó. Una rusa descargadora de muelles me miró fijamente para ver si coincidía con el de la foto del pasaporte, y al ver que mi careto era más o menos el que esperaba, me permitió pasar sin más problemas. Sin embargo, lo peor estaba por venir: el trayecto del aeropuerto al hotel. ¡Dios! ¿cómo obtienen el permiso de conducir estos moscovitas? ¡Qué caos! En una carretera de tres carriles íbamos en paralelo cinco filas de coches, y por momentos surgía una sexta ¡en sentido contrario! El atasco era monumental, los coches se cambiaban de carril sin ton ni son, y sabe Dios cómo no nos chocamos contra ninguno. Al final tardamos más de dos horas en hacer un trayecto de unos 40 kilómetros.
Una vez en el hotel comenzamos a intuir algo que posteriormente confirmaríamos: casi nadie hablaba inglés, ni siquiera los jóvenes, así que lo de comer se convirtió en nuestra pequeña odisea diaria. También nos bastó un primer paseo por las calles moscovitas para constatar otro hecho: por definición la rusa es extremadamente guapa y el ruso es más feo que pegarle a un padre, salvo excepciones, claro. Es increíble, yo no sé qué comerán esas tías, pero no es normal ver tanta belleza junta, una detrás de otra, en fila de a tres. Yo no sé si las pone el ayuntamiento para dar salsa a la ciudad o vienen de serie, pero no era normal. Aprovechamos el paseo para cambiar unos cuantos euros por la divisa local, los rublos. Y es aquí cuando me di cuenta de que el dinero ruso es una mierda. Teniendo en cuenta que la inflación es, en estos momentos, del 12% anual en Rusia, y que cada vez cuesta más pasta cualquier cosa, creo que esta gente debería pensar en eliminar algunas monedas y billetes. Y es que tras cambiar unos míseros 50 euros vi como la cartera estaba a punto de estallar con tanto billete de 10 rublos (unos 25 centimos). De vuelta al hotel terminamos por llegar a otro veredicto: en Moscú si no tienes un coche de gama alta, con las lunas tintadas, eres un Don Nadie. En mi vida he visto circular junto tanto Lexus, Porsche, Aston Martin y demás. Era algo alucinante. Tras un sueño reponedor, el sábado tocaba boda, motivo que nos había llevado a tierras tan lejanas. La boda estuvo genial, con visitas posteriores a determinadas zonas de Moscú en las que se realizó algún que otro acto con un fuerte simbolismo. Pero hubo algo que hizo que la boda no fuese del todo perfecta, ¡el fotógrafo! ¡Qué cruz! Debía tener un tick nervioso en el dedo, porque no paraba de hacer fotos, daba igual donde estuvieses, te terminaba encontrando e inmortalizando en al menos 20 fotos en menos de 10 segundos. Creo que van a tener que dedicar una semana entera a seleccionar fotos. En fin, la boda comenzó a las 11:00 y se extendió hasta las 24:00 hrs., momento en el que tomamos un taxi de los años 70, sin taxímetro y donde un tío de apariencia chechena miró al cielo y decidió cobrarnos 300 rublos (unos 9 euros), por llevarnos hasta el hotel. El domingo tocaba visita a la Plaza Roja y al metro de Moscú. La primera resultó impresionante, con la imponente catedral de San Basilio y el mausoleo de Lenin, donde el camarada bolchevique está allí embalsamado en una urna que lo protege del aire, así su conservación es mucho mejor. Se dice que la fórmula con la que lo han embalsamado es un secreto que sabe muy poca gente.
La Plaza se llama así no por el color, sino porque “rojo” en ruso también significa bonito. Es la plaza más famosa de toda Rusia y una de las más famosas del mundo junto a la plaza de Tiananmen en Pekín. Actualmente separa la sede del gobierno ruso, el Kremlin, y desde ella parten las principales avenidas de Moscú, que más tarde se convierten en autopistas que recorren todo el país. Si miramos desde el cielo la plaza Roja parece como si fuera el centro de toda Rusia, desde donde salen todas las vías que recorren el inmenso territorio ruso. De camino a coger el metro de la Plaza Roja nos encontramos con tres mujeres de ropa raída y muchos años, que se pegaban por coger al vuelo las monedas que los turistas echaban por encima de sus espaldas mientras pedían un deseo sobre la chapa del kilómetro cero ruso, en una escena bastante cómica, y que alguno de nosotros no se resistió a imitar. Mientras las tres cazadoras rechazaban algunas monedas por ser insignificantes, otras intentaban sacar de entre los ladrillos del suelo las monedas que las otras no querían. Y es que, desgraciadamente, para algunos 10 rublos hacen la diferencia.
En el famoso metro de Moscú, también conocido como el palacio subterráneo, nos hartamos de ver mármoles, bronces y todo tipo de materiales valiosos. Visitamos un gran número de estaciones, y todas resultaron realmente espectaculares y muy diferentes entre sí, teniendo cada una su propio aspecto y decoración arquitectónica y artística. La gran mayoría de las estaciones se encuentran a una gran profundidad, de al menos 60 metros, ya que también fueron concebidas como refugios ante posibles ataques. Además, en ninguna estación se puede apreciar un sólo rotulo con letras latinas, todo está en cirílico, lo que complica bastante la vida al atrevido extranjero que pretende desplazarse por Moscú en metro.
Dejando a un lado que sea el metro más lujoso que jamás hayan contemplado mis ojos, muy por encima del soso metro de Madrid, lo que más me impresionó fue su eficiencia: pasaba un tren cada minuto, con una precisión suiza que asustaba. Sin embargo, un hecho empañaba todo lo anterior, los trenes, que deben ser del año de la polca. No vale eso de comprar un tren y dejarlo ahí hasta que se caiga de viejo: la luz se nos iba a mitad del túnel, a los asientos se les salían los muelles y el ruido que hacía era terrible.
El lunes tocó una visita de cuatro horas al Kremlin, lugar donde Putin se reúne con la gente más chunga del país. Cuando uno ve tantos coches con cortinillas y con los cristales tintados tiene que suponer, a la fuerza, que esa gente no quiere que los vean, y por algo será. Kremlin significa fortaleza y durante siglos fue la residencia de los zares, siendo ahora la sede del presidente. El Kremlin resultó ser impresionante, y la plaza de las tres catedrales era realmente espectacular. El interior es, al igual que en las otras iglesias ortodoxas, un lugar lleno de preciosas imágenes sagradas, oro, velas y demás parafernalia religiosa.
El martes tocaba despedirnos de Moscú y volver a Madrid. Atrás dejábamos unos días de no entender nada de nada, de andar echando cuentas para pasar los rublos a euros o viceversa, y un sin fin de experiencias inolvidables. Siempre digo que cuando uno viaja se lleva consigo un trocito del sitio al que va. Además de los recuerdos físicos que compramos, nos llevamos en la mente aquellos momentos que más nos han marcado. La visita a la Plaza Roja, el Kremlin y muchas otras cosas quedan ya para el recuerdo. También dejamos algo nuestro allá donde vamos, nuestra mente sigue recordando esas cosas que hemos visto, así que también dejo una pizca de imaginación que me permita volver a recorrer todos estos lugares cuando me plazca. En fin, desgraciadamente el martes llegó el momento de volver a la rutina. El trabajo dignifica (o eso dicen), por lo que hay que volver al curro. "You will be always in my heart and sadly missed"
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